La desnudez original

¡Musgo, píos, colores, saltos,
cañada, paraíso!
¡Aquí sí que los hombres nacerían
sin queja,
voluntarios!
Le dije a la cañada:
-¿Se puede?
-Sí, desnudo y verdadero,
abriendo estrenos verdes con tus muslos,
pisando como pisan los locos en las playas.

Mis ropas me quité y con ellas
mis veinticinco años.

-¿Se puede ahora?
-Tampoco.
(La voz de la cañada
era la voz de Dios,
temblando):
-En mí hay que entrar desnudo,
no desnudado. En mí hay que entrar
sin preguntar, entrando.